Jorge Pogorelsky

Otras Técnicas

Desde mi más tierna infancia mi admiración por la mujer, por la estética femenina y su sensualidad fue un camino sin regreso.
Mi primer recuerdo al respecto es a los 5 años cuando iba a la maestra particular, más atento a su escote que a mi cuaderno (síndrome de dispersión o ADD, como lo llaman ahora).
Otro de los hitos que recorren mi cabeza es preparar un andamiaje en la ventanita del baño de servicio a los 7 años. Si hubiera sido un pintor de la escuela francesa, habría plasmado a Verónica en la ducha.
Pero yo soy Jorge Pogorelsky el que mientas mi profesora de dibujo me hacia pintar un patito con tempera, en casa dibujaba ”Desnudo” de Modigliani, copiado de la Pinacoteca de los Genios.
Una de mis primeras fantasías sensuales, se podría decir, y quizás incumplida para siempre: a los 10 años miraba la puerta del vestuario de mujeres del club, las veía entrar, y soñaba con ser el hombre invisible para compartir su intimidad sin ser visto.

Hace 27 años que saco fotos, hoy, después de haber estudiado algo de fotografía, iluminación, tratamiento de modelos y desnudo, me atrevo a autoproclamarme fotógrafo.
Hace 8 años se cruza por mi vida esto de descubrir la escultura, creo que ya la llevaba dentro mío, sólo buscaba el momento para salir a la luz.
Y nunca mejor dicho la luz, trabajo el vidrio y los metales, juego con la transparencia y los colores y trabajo el arte abstracto.

Una vez visitando el museo metropolitano de Nueva York levanto la vista y... ahí estaba. Un óleo chiquito de Jean Leon Gerome, “Pigmaleon et Galatea”.

Y ahí me iluminé, un escultor cuya obra se convierte en mujer, “ésta es la mía” Esto es lo que quiero. Relacionar la sensualidad de mis esculturas, o parte de ellas, con la sensualidad de la mujer, a través de la fotografía y el arte digital.

Según la opinión familiar es mi excusa para fotografiar minas en bolas. ¡Qué groseros! ¡Cómo bastardean el arte!
Después de tres años de trabajo vi que la búsqueda de Galatea no era sencilla. Y me conmocionó la visión de la sensualidad femenina de otros fotógrafos, así que decidí incorporarlos a mi búsqueda y en mi sitio. También me di cuenta que para el artista la búsqueda de Galatea es la búsqueda de la obra perfecta.
Y esa misma es la que siempre tratamos de conseguir.

Por lo tanto mientras trabajemos... seguiremos buscando a Galatea.

Otras Técnicas

En la isla de Chipre había un rey llamado Pigmalión. Era amado por su pueblo, pues era justo y gobernaba con gran sabiduría.

Pigmalión tenía una afición. Era un gran escultor, y en las horas en las que no pronunciaba juicios ni dirigía los asuntos del estado se encerraba en su taller, en el que creaba imágenes de gran realismo y belleza. Tan dedicado estaba a su arte, que no se preocupó por encontrar esposa, y los súbditos veían con preocupación la falta de interés del rey por tener un heredero. Pero Pigmalión sólo tenía su mente en las obras que creaba con sus propias manos, sin escuchar los consejos de las personas más allegadas a él.

Hubo un tiempo en el fue visto pocas veces en la corte, pues se pasaba la mayor parte del tiempo en su taller, trabajando en secreto en una escultura. Al terminarla la mostró a todos los nobles, quienes se quedaron maravillados por la habilidad del monarca.

Se trataba de una estatua de marfil que representaba a una joven de gran belleza, y estaba hecha con tanta gracia que parecía estar viva, aunque inmóvil. Ordenó que fuera cubierta con lujosas ropas, y siguió retocándola y perfeccionándola.

Pigmalión estaba extasiado con esta obra. Pasaba las horas observando a la mujer que había esculpido, hasta que se dió cuenta de que se había enamorado de la estatua.

Llegó la época de las fiestas de Afrodita, la diosa del Amor, que era adorada con especial devoción en Chipre. Durante las celebraciones, Pigmalión se dirigió hacia el templo de Afrodita, se postró a los pies de su imagen, y le suplicó que le concediera una esposa que fuera igual a la estatua. Pasó un largo tiempo rogándole a la diosa, de la que no obtuvo ninguna respuesta. Del altar se elevó una gran llama, pero Pigmalión no comprendió el significado de esta señal Se levantó y regresó apesadumbrado a su palacio. Entró al salón en donde estaba la estatua que lo obsesionaba. Conocía de memoria cada una de sus facciones, y pudo notar que uno de sus dedos se había movido. Se acercó para descubrir que era lo que había pasado, y ante sus asombrados ojos la estatua empezó a cobrar el color de la vida, a respirar y a moverse.

Conmovida por los ruegos de Pigmalión, Afrodita le había otorgado el don de la vida a la imagen que él amaba. Pigmalión la llamó Galatea, y le preguntó si quería convertirse en su reina. Galatea le contestó que le bastaba con ser su esposa. Pigmalión ordenó grandes festejos para celebrar su matrimonio, e incluso la diosa Afrodita, disfrazada con formas de mortal, asistó a estas fiestas.

Digresión Tanguera Buscando a Galatea
1998-2005 © Jorge Pogorelsky
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